Un lapsus pandémico

Lapso pandêmico

Esse texto, originalmente em espanhol, foi traduzido para o português por Antony Devalle e pode ser lido aqui.

Lapsus[1]: a) espacio de tiempo

b) deslizamiento, caída. 

El lapsus (a) de la cuarentena, motiva a escribir los siguientes párrafos. El lapsus (b) del orden occidental-capitalista, reviste lo que ellos cuentan.

1.

Fines de marzo, principios de abril 2020. Parece que hay una pandemia inusitada en el mundo y debemos, por el bien de la humanidad, quedarnos en casa. El virus que suspendió las rutinas cotidianas a nivel global se llama Corona y lo presentan como “el nuevo enemigo común”. Dicen que este nombre se debe a su forma circular (Corona en latín remite a curva o círculo), aunque también, simbólicamente, nos indica un poder, un status: “La corona es de reyes”. Entonces, no hablamos de cualquier tipo de poder, es un poder suntuoso, soberano… medieval, total. 

Haré entonces un ejercicio de inversión discursiva y diré que detrás del maquillaje de “villano” con el cual se cataloga al Coronavirus, se camufla una complicidad que de hecho, “corona” al “virus” como un nuevo soberano. La idea es jugar con la representación del virus como “Corona”, y por analogía, como “rey supremo”, objeto de autoridad, de temor y de sátira. 

Parece que el proyecto imperial del Sr. Corona comenzó en China, fue para el sudeste Asiático y luego para Europa y los Estados Unidos. A Rusia también llegó, pero no hubo mucha información al respecto. En su vil peregrinaje, el monarca Corona dió a luz al temerario Covid-19, y juntos están ocupándolo todo. Diálogos, superficies, manos, caricias… solo algunas pocas palabras, gestos y proyecciones escapan hoy a su poder.

Hace aproximadamente un mes que ellos deambulan por las ciudades tropicales y meridionales a la izquierda del mapamundi. No sabemos ni cuándo, ni cómo llegaron, pero han desembarcado en todos los aeropuertos y cadenas televisivas. En algunos sitios, los dejan andar más sueltos, en otros se les esconden. De cada suelo que pisan, por cada aire que pasan, se llevan algunas vidas. Son crueles, escogen las que están más jodidas (sea por los achaques de la edad, por algún “factor de riesgo”, o por no tener cómo pagarse una buena atención médica).  

Al Sr. Corona lo sustentan sus cortesanos. Personajes de las más diversas índoles que lo atienden, lo miran, lo inflan, lo disminuyen y lo ridiculizan. Sabios y consejeros, bufones y soldados, alquimistas y hombres de Estado disputan la carrera para brindarle pleitesías. Es que, salvo algunos trasnochados (inclusive presidentes), la mayoría lo respeta. A su alteza, se le teme. Y nosotros, al fondo de la tribuna, nos perdemos entre los gritos y murmullos de las tantas versiones sobre el incógnito microorganismo. Así, el séquito del Sr. Corona es diverso y corporativo. Existen grupos más o menos identificados, que disputan sus saberes-poderes a cuentas del nuevo “villano”. Se enfrentan entre ellos por medio de elocuencias, recetas, protocolos, “tuits” y muchas opiniones filmadas. Algunos se apoyan en datos, más o menos confiables… otros en la fé en sí mismos y/o en su Dios todopoderoso. Todos, con más o menos autoridad y vehemencia, proliferan su opinión sobre el virus. Hablan mucho. Esgrimen títulos y cargos, saberes y fuentes, algún que otro “remedio”… inclusive enarbolan su posición de “escogidos”. Se apoyan en los efectos de poder construidos por el lobbie global, la neutralidad de la ciencia o la manipulación digital. No hay diálogo, sólo descalificaciones y soliloquios digitalizados.

Los primeros cortesanos son los señores de la razón y del Estado (de la ciência médico farmacéutica y de la OMS). Ellos crean tasas e incidencias, síntomas y diagnósticos, curvas epidemiológicas y protocolos de acción. Afirman que el Sr. Corona es muy peligroso. Algunos estiman que es “el mayor desafío  después de la Segunda Guerra Mundial” (Merkel, 18 mar 2019) y que, hasta surgir la vacuna (que está en “desarrollo” y capitalización), los Estados, biopoliticamente entendidos, deben “hacerse cargo”. La receta es controlar a las poblaciones con medidas urgentes de aislamiento social e invertir dinero público (que muchos de ellos no tienen) en equipamientos hospitalares, alcohol en gel y mascarillas quirúrgicas. El mensaje para la gente es claro: los que pueden “quédense en casa”, los que no, agua, jabón y a esquivar al virus invisible… si alguien se pone malito, ahí si puede ir al hospital. Con un poco de suerte (factor directamente asociado a su poder adquisitivo), tendrá acceso a una UTI.

Luego está el grupo de los bufones. Son los populistas de fake news y estado supuestamente “mínimo” (aunque el minimalismo no se aplica ni al grande capital ni a la policía). Llegados recientemente al poder, se caracterizan por sus berrinches infantiles y una deficiencia supina en la gestión de sus poblaciones. Su incapacidad ideológica y técnica para entender lo que es “modernamente” un Estado los lleva a enfrentarse con los anteriores. Por medio de teorías conspiratorias y el apoyo de algún que otro gurú (neo)liberal o neopentecostal, condimentan al soberano virus de pantomimas y burlas. Lo subestiman. Evitan, con cinismo y mucha performance, pagar el costo de la “precaución”. Para ellos, todo tiene que volver a la normalidad, pues el “riesgo” del virus no es comparable a la cantidad de otras cosas que ya la mayoría de la gente sufre (lease, gente racializada y pobre) y, lo importante, es conservar el trabajo (léase la reproducción del capital), que sino la “economía” se va al carajo. Y si, sin decirlo, asumen que muchos mueren y morirán, pero bueno, así es la vida terrenal, Dios te espera con una mejor (ver testimonio del sr. Silas. Vídeo/debate radio 93FM. 07 de abril de 2020 a partir minuto 57:20). 

Por último está un sector más periférico, menos escuchado, que defienden una lectura holística y ecosistémica de la pandemia. Para ellos el soberano es inexorable. Dicen que llegó para “limpiar” el mundo de la mugre generada por los sapiens-sapiens en su versión occidental-capitalista. Que el virus surgió por causa natural para re-equilibrar los ciclos de la vida y re-instituir los ritmos cósmicos del universo. Alegan que el Corona no es más que un agente de la “homeostasis planetaria” luego de siglos de ocupación, usufructo y destrucción humana. No plantean muchas respuestas. Confían en que, además de la limpieza, el lapsus de la cuarentena nos hará “reflexionar”, a ver si de una vez por todas “tomamos conciencia” de que es necesario vivir de otro modo. 

La situación es más grotesca, que distópica. Y nosotros/as, simples mamíferos aerobios, frente a la amenaza contradictoria de hambre-síntomas-tedio-aislamiento, reaccionamos. Empachados/as de informaciones entreveradas y viviendo realidades disímiles, hacemos nuestras propias (o no tan propias) elecciones. 

Los/as que estamos en una posición cómoda con salario asegurado y habitación adecuada, acatamos las orientaciones de la “ciencia”, o sea de la OMS (que sería la ciencia globalmente burocratizada). Puede que también, los Señores de Estado, (que escucharon a los de la OMS), apliquen su fuerza máxima: toque de queda, multa y si salís “te comés unos días adentro” de la comisaría o la cárcel dependiendo de las reincidencias, la “pinta” y tu color de piel. En estos casos, no queda otra que rendirse y aceptar. Armarse de paciencia y mucho celular. La vida empezará y acabará entre cuatro paredes. Si estando confinada/o/e en casa, la pasás mal porque alguien te maltrata, porque tenes hambre, o porque solo hay un metro cuadrado por persona, eso ya es un problema “tuyo”, cada uno verá qué hace. Puede que el Estado si es más buenito, reparta algunos billetes, todos nuevos, impecables. Este auxílio ayudará a safar por un tiempo, el que la inflación permita. 

Pero también están los/las que van a tener que salir cueste lo que cueste. Pisar la calle,  aquel espacio ahora impregnado de la transparencia inolora del soberano virus. La “sociedad” depende de ellos/as, los/as que no pueden #quedarseencasa. Ante tal situación, paradójicamente, los que creen en la OMS se persignarán más veces de los que creen en los bufones.

Entre el orden y el caos, amenazando mucosas y abrazos, el soberano virus cumple su objetivo: totaliza la palabra, instaura el terror, controla la vida y rótula la muerte. Nadie sabe muy bien lo que pasa, pero si sabemos que él Sr. Corona es bravo (ni te cuento Covid-19), y que debemos “tomar recaudos!”, porque ante él, no tenemos ni plasma inmunizado, ni respiradores suficientes, ni cuarentena que aguante. Es que la pandemia, como acontecimiento total, es ahora quién manda. No es joda. Y no nos queda otra que ser bufones u obedientes frente al aislamiento de inteligibilidad.

Durante la cuarentena, a veces, tenemos tiempo para pensar en “eso que se dice”. Otras, estamos cansados/as. Mejor seguir lo que mandan nuestras burbujas digitales, el pastor, el Ministro de Salud, Tedros Adhanom, el presidente de la patria o el YouTuber de turno. Atónitos/as, y con el principio de supervivencia a flor de piel, equilibramos la balanza a partir de la combinación de tres términos, donde el “=” separa nuestro patético cinismo: “nosotros/as mismos/as + la familia/amigos =  siempre, obvio, la ‘sociedad’”. 

Y en esa mezcla de ansiedad y desgano, con más o menos “resiliencia”, vamos haciendo lo que podemos, dentro de lo que ya hacemos o no podemos dejar de hacer. No se trata solo de consciencia, se trata de condiciones materiales, deseos y juegos de información-poder.

2.

Particularmente, vivo este momento con varias perplejidades.

a. Es incómodo no saber que hacer, más allá de lavarse las manos, evitar salir a la calle, contribuir con alguna “acción” y pasar mucho, mucho tiempo online.

b. Es triste, ver que el tiempo pasa lejos de los encuentros, los abrazos, las sonrisas “en vivo y en directo” y la espontaneidad de la calle con transeúntes.

c. Es frustrante, la “más verdad” que la pandemia emana.

d. Es indignante, que no la veamos.

Con la noción de “más verdad”, apelo a la idea de Rita Segato (2019, 2 abr 2019) cuando habla de cómo el poder, el poder real, cada vez se hace más visible. Según la autora, la “más verdad” (y no la “post-verdad”) es una de las características de la fase agónica del proyecto histórico occidental-capitalista. Esta fase se inicia luego de la caída de la etapa anterior, la multicultural y “progresista”, cuando los gobiernos y la “opinión pública” fueron más permeables y receptivos a las demandas de las llamadas “minorías”. El cambio de fases está marcado por los efectos de esta “más verdad”, pues en los últimos años, hemos sido espectadores de una visibilidad creciente de personajes y discursos autoritarios, liberales y fundamentalistas. Ellos han tomado la “esfera pública”, no solo los medios digitales, también las instituciones. Según Segato, estas fuerzas siempre existieron pero en la fase anterior permanecían ocultas, o menos visibles, funcionando como el verdadero poder funciona, escondido, en secreto. Ahora salen a la luz, se legitiman políticamente, habla con mayor soltura… el poder cuenta su verdad en la construcción de una hegemonía ya no solo desde los subterfugios, también siendo la estrella de nuestros circos democráticos. 

Podemos así pensar ciertas conexiones entre la “más verdad” y la “post-verdad”. La primera, remite a la visibilidad de una estructura, la segunda a su estrategia de guerra discursiva y construcción de hegemonía. Pues los agentes de la “más verdad” a través de métodos de “post-verdad”, instauran y espectacularizan el poder que detentan. Se muestran al ojo público en su perversidad. Crean complejos artilugios para confundirnos con falsos conflictos y mucha información basura. 

¿En cuál sentido entonces, esta idea de “más verdad” puede ser analizable en el lapsus totalizante del Sr. Corona, más allá de lo estrictamente discursivo? ¿De qué maneras, en términos “prácticos”, el poder se presenta en su “más verdad” durante la pandemia? 

Esbozo a seguir, como un boceto a mano alzada, algunas claves exploratorias. Nada serio, sólo algunos puntos para activar el pensamiento a partir de lo vivido. 

El tiempo reificado. Para quien se queda, porque puede, en casa, la idea de “aprovechar” se apropia de las horas del día. Hay que ocupar el tiempo e-fi-cien-te-men-te: montarse una rutina, aprender yoga, hacer algún cursito virtual, ordenar la casa, cultivarse con cine o literatura, indagar en nuestros placeres y espiritualidades, hacer gimnasia con la silla, ser los amantes, padres, hijos que en la “normalidad” no somos. Pues si hay cuarentena, algo debe de tener de bueno, entonces hay que aprovecharla al máximo y sumarnos valor (económico, afectivo, cultural, espiritual) para poder venderlo cuando la pandemia pase. 

La obligada superposición de los cuidados. Quien es cuidadora o cuidador, sea de personas ancianas o infantes, la tiene aún más complicada. Las tareas se multiplican y superponen. La ansiedad y el cansancio también. Además de madres, padres, hijos/as/es, hay que ser tutores escolares, enfermeros/as, cadetes, compradores de cosas, etc. No hace falta detallar que, por más que los hombres puedan asumir estas tareas,  generalmente son las mujeres las que más se sobrecargan: home office, home schooling, home care, reproducen al cubo las desigualdades de género.

Trabajo remunerado aún más precario y escaso. Para aquellas personas que además de cuidar, se les cortó el trabajo, ni que pensar. Ruegan para que la ayuda del gobierno, de la ONG o de cualquier campaña solidaria llegue pronto. El dinero se acaba y vivir cuesta. Hacer el cursito de yoga ayuda, sin duda, pero no alimenta. Para los/as que pudieron mantener su empleo, el ritmo frenético de reuniones y tareas online es el nuevo jefe. La jornada de trabajo se extiende, los ojos quedan más rojos de tanta pantalla, los oídos con más cera de tanto auricular, la cabeza abombada de tanto Whatsapp. 

Tal es el caso de las/es/os artistas/ independientes. El curro se cortó. No hay encuentro, no hay movimiento, no hay talleres, ni shows, ni cualquier tipo de eventos. Más allá de las lives por Instagram o alguna que otra manifestación digital, sin gente “aglomerada”, no hay muchos recursos para quien vive del arte por fuera de los circuitos mercantiles. 

Pues, el arte independiente aún vive del encuentro cuerpo a cuerpo, en una plaza, un teatro, un museo, una escuela o cualquier esquina. Podríamos pensar lo mismo para la Educación: ¿es igual una videoclase a una clase presencial? Podríamos pensar lo mismo para cualquier encuentro de construcción de sentido, afectividad y subjetividades: ¿es lo mismo conversar con amigos/as por el Zoom, que juntarse a tomar unos mates?   

El (pseudo)encuentro mediatizado. Estando la vida reducida en su espacialidad, carente de alteridad y lenta en movimientos, el arte, la educación, la charla con amigos/as, pierden la complicidad silenciosa del estar juntos cuerpo-cuerpo, sentir al otro y a nosotros mismos en la complejidad sensible del tiempo-espacio compartido. Esto no quiere decir que no nos encontremos. De hecho, puede que hasta nos (pseudo)encontremos, aunque siempre con una pantalla de por medio. La terceridad del encuentro sea artístico, educacional, amistoso, no existe en su completitud conectados al wi-fi. 

Esta reflexión, puede parecer romántica, old school, pero así lo vivo. Los encuentros mediatizados son superficiales, no “matam saudades”, sólo la consuelan. En la live, la  videollamada o la videoclase el encuentro no se construye en un “mismo suelo”, no se ancla en un aquí y ahora que construimos juntos. Tu allá, yo acá, los otros/as acolá… y siempre es igual. Sentados/as en la misma silla, acostados en la misma cama, con la misma maldita pantalla en 2D y con delay. 

Claro que no podemos dejar de agradecer, que sino fuera por la tecnología digital y la industria de aparatos móviles, ni siquiera podríamos enterarnos de lo que nos pasa, o expresarnos mínimamente, o encontrarnos a la distancia. Pero considero peligroso, y también triste, insuflar este tipo de conexiones. Algo les falta, mucho les falta. La espontaneidad de lo que genera en mí y en ti estar y vernos, olernos y sentirnos, hacer algo juntos, no se transmiten en bits. La experiencia se reduce. Lo online sin lo offline no es lo mismo de lo offline con lo online. La preposición, cambia el sentido. Sin encuentro cuerpo-cuerpo la vida pierde la gracia. Se torna más aséptica, algo marchita. 

La conexión online es lo que nos queda y que bueno que así sea. Pero no es suficiente, llega a ser tedioso, repetitivo, superficial.Podría seguir con algunas otras claves para analizar este lapsus pandémico, pero otros intelectuales y opinólogos ya lo están haciendo y bastante mejor. Solo quería dejar registrado el momento, tal vez ayude, reconforte, incomode algún/a lector/a que al igual que yo, se sienta atrapado, como en el bucle cognitivo de la pandemia.

3.

La opción por presentar al coronavirus como un soberano y no como un enemigo es, sin duda, incómoda, pero me permitió construir los juegos discursivos más allá de lo políticamente correcto. Más allá del binarismo maniqueísta, “nosotros” vs “ellos”. De las “verdades”, se desconfía. Entiendo que algo así exige la práctica crítica. 

En términos personales estoy lejos de “alinearme” con alguna de las tres posturas cortesanas. Espero haber sido pedagógica en explicar la razonabilidad, intereses y marcos de acción de cada una de ellas. También, intenté ser más o menos instigante con la idea de “más verdad” que el poder nos vende como “pós-verdad” (pseudo)conflictiva. Así, creo que por más que no me gusten ni los bufones, ni los de la OMS, simpatice en algo con los ecologistas, trato de entender aquella cuota de razón y de falacia presentada por cada uno de ellos. Cabe debatirlos, mientra nos cuidamos de la mejor forma posible. 

El boceto de claves que presenté de forma preliminar, si las analizamos con detalle, no son ninguna novedad. Los aspectos comentados entorno al tiempo, el trabajo, los cuidados y los encuentros ya hacían parte de nuestra vida, ahora solo son más evidentes. La pandemia cataliza lo que já éramos. Además de grotesca, es rococó. Exagera, sobrecarga la crisis del “proyecto histórico de las cosas” (Segato, 2018) el moderno, el distante, el capitalista. Hizo falta parar el mundo por causa de un vírus, para que quede claro quién puede salvarnos, quién puede salvarse, y lo que tenemos que hacer (o cómo debemos programarnos) para que el barco no se hunda. 

Y aquí sí, mi postura es del otro lado. Priorizar siempre los vínculos, un tiempo sin recetas, un trabajo digno, reconocimiento y división de los cuidados y siempre quedarse con los mates calentitos a una fría videollamada. Claro que para vivir también precisamos de recursos y herramientas. Tenemos que comer, superar las adversidades, estar lo mejor posible. Pero acumular y distanciarnos, sujetarnos al control Estado-casa y renunciar a nuestras posibilidades de encontrarnos y crear juntos la vida en espacios intermedios, no me parece saludable. Ni en términos políticos, ni en términos sociales, mucho menos subjetivos. Debemos sí, atender a las recomendaciones, pero hay que estar atentos a sus posibles consecuencias.  Personalmente, por más que en la práctica esté apoyando algunas acciones concretas que están “haciendo alguna cosa” para reducir la “curva de contagio del virus”, producir “informaciones confiables” o “mitigar” los “efectos sanitarios y econômicos” en “sectores vulnerables”, pienso en cómo estas acciones, tangencialmente, están combatiendo esas otras dimensiones de poder que se han expresado con mayor presencia en estos días de pandemia. Me refiero a la mudanza cualitativa de las prácticas que detallé anteriormente, aquellas que hacen a nuestros cotidianos. Creo que hay también un “riesgo” ahí, en eso que se impone silenciosamente entre tantas recomendaciones, advertencias y deboches. En definitiva, puede que el real “riesgo” a largo plazo sea, justamente, caer en las trampas de esa “más verdad” que no es dicha, pero sí comunicada. La que se hace más cuerpo, en más cuerpos, durante dure el lapsus pandémico.

Valentina es investigadora y comunicadora social.

[1] […] del latín lapsus-us (resbalón o tropezón, deslizamiento que te hace caer por un instante). Es el nombre de efecto o resultado derivado del verbo deponente latino labor, labi que significa resbalar. Un lapso es así un resbalón que te hace caer, o también en sentido figurado, un olvido o error, aunque también puede ser un espacio de tiempo porque el verbo labor se empleaba también para la idea de deslizarse o transcurrir el tiempo, como el agua por una clepsidra. Etimología de Lapso. http://etimologias.dechile.net/?lapso

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